Ante el espejo tenía lugar el rito más repetido durante los últimos cincuenta años.
Invariablemente, cada dos días, procedía al rasurado de su cara. Para él afeitarse no era solo un acto de higiene. Se había convertido en todo un acontecimiento.
Cuando pasaba sobre su piel la cuchilla, además del jabón y el pelo, el hombre notaba que también se llevaba una parte, más o menos importante, de su ser.
Tras cada afeitado se sentía como una cebolla a la que acabasen de quitar una capa. Era la mima persona del día anterior, pero con matices diferentes. Sufría una renovación constante.
El hombre nuevo con su cara 6512 sonrió al mundo a través del espejo.
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