La soledad toca a mi puerta y al abrirla, me encuentra desnudo y lleno de heridas por el cuerpo. Al verme, su mirada entristece y cruza la puerta sin haber escuchado bienvenida. Aunque, quién soy para negarle paso a ella. Entonces, la descubro hermosa limpiando su cuerpo de la impureza de la esencia y quedándose sin ropa, me toma de la mano.
Con la sutileza de una mujer y madre me acuesta boca abajo mientras se acomoda junto a mí. Siento sus tibias manos tocando mi espalda explorando las heridas, adentrándose en ellas. Para el ajeno, se muestra el encuentro de un soldado de Cesar junto a su mujer, para mí, soy solo yo tratando de curar tu lejanía.
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martes, 13 de abril de 2010
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