Instintivamente, estuvo a punto de cerrar los ojos, pero los mantuvo abiertos. Delante de él se estaba perpetrando una injusticia. Vio e hizo lo que pudo; luego, ya nunca pudo dejar de cerrar los ojos.
Años después, casi todos los que lo conocieron, ante la mención de su nombre, abrían los ojos para abarcar su memorable recuerdo. Casi todos. Unos pocos los cerraban para contener las lágrimas.
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sábado, 27 de febrero de 2010
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