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martes, 13 de abril de 2010
Que nadie lo sepa
Llovía adentro; le dolía. Intentó que la lluvia emergiera. Salió a correr hasta quedar completamente mojada, su sudor era apenas una fina lámina de lluvia. Regresó a su casa. Comió todo lo que encontró para cubrir la lluvia. Se sintió muy hinchada y con más espacio para que lloviera. Telefoneó a un viejísimo novio, para que el líquido del novio apagara la lluvia. Su conciencia estaba empañada y el novio se fue; la lluvia seguía con más fuerza. En la farmacia compró una cajita que decía:- “tomar en caso de lluvia”. Tomó uno, dos, tres días, la lluvia comenzó a cesar, por completo, hasta que se hizo seco. Estaba contenta hasta que llegó una sequía insoportable que se convirtió en fuego. Invocó a su lluvia, pero no respondió. Volvió a la farmacia y compró un frasquito que decía:- “romper en caso de incendio”. Juntó los dos frasquitos y los miró.
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