Rivera, abogado novato, acababa de ganar su primer caso, un intríngulis protagonizado por un campesino que, en su ignorancia supina, había dado muerte a la última manada de tapires.
«Cadena perpetua para el mandria», pidió Rivera. «Concedido», bramó el juez...
Henchido de orgullo, el abogadillo salió del despacho rumbo al bar. Detuvo su exultación Pascual, el tinterillo…
«Vuelve a la tierra, bisoño. Todo eso fue un montaje para favorecer al Senador Beltrán. Ahora desecarán la laguna de los tapires, yo solicitaré su enajenación a favor del senador y tú me ayudarás. Sembraremos allí palma africana». « ¿Yo?». «Lo digo por si quieres llegar a ser un abogado de verdad». «Claro que quiero». «Entonces, manos a la obra»…
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domingo, 14 de febrero de 2010
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