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lunes, 16 de abril de 2012
Confidencias sin palabras
Ella bebió un corto sorbo de su manzanilla, ya casi fría, y él, sentado a la misma mesa del vagón restaurante, enfrente de ella, acercó los labios a su té, todavía humeante. Silenciosos hasta entonces, de pronto ella miró al desconocido y sonrió. Él le devolvió la sonrisa. En ese instante, con toda seguridad, uno de los dos habría dicho algo al otro si el tren no hubiera entrado en un túnel, oscureciendo el vagón durante un largo rato. Al salir, en la taza de té había rastros de carmín; en la de manzanilla estaban borrados. Y los asientos aparecían vacíos.
Charul
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