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lunes, 16 de abril de 2012
La mortaja
Amortajar y mortaja fueron palabras comunes en mi infancia.
Mi abuela, a quien la guerra dejó huérfana; acortó su negro traje de novia y en la alargada caja del vestido, preparó su blanca mortaja. Entre papel de seda y con hojas de laurel; reposaban el blanco hábito de monja trinitaria y un llamativo escapulario de fieltro.
Cuando en el pueblo, alguna mujer, aún joven o no previsora moría, la familia de la difunta acudía a mi abuela; quien no solo entregaba su mortaja orgullosa, sino que vestía también a la muerta. Al día siguiente, ya estaba en las monjas, midiéndose para una mortaja nueva. A los años que yo tengo ahora; mi abuela habíase ya compuesto cuatro mortajas idénticas.
DOLORES MADERO
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