Al atardecer, cuando el sol abrasa el horizonte, la niña camina despacio hasta la fuente. Con gesto cansado llena la vasija, en los labios se le ha muerto una canción de cuna, apenas tiene siete años. Sin resuello llega a la choza, vacía el contenido del recipiente en un tonel y espera unos minutos para recuperar el aliento y reemprender el inexorable camino.
Al atardecer, cuando el sol juega al escondite con los edificios, la niña abre la nevera, saca un zumo multivitamínico y conecta la video consola, olvida las tibias protestas de su madre recordándole que tiene que hacer los deberes y se dedica a destruir marcianos.
Al atardecer, al atardecer… ¿Quién dijo que todos los atardeceres eran iguales?
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viernes, 5 de febrero de 2010
Nadie regresa de la vida
Aún no he encontrado un motivo para vivir y ya estoy aquí, rodeado de gente que me habla como si fuera estúpido. Me avisaron, allá de donde vengo, que sería así, que el mundo se volvería incomprensible, una bola cerrada de la que es imposible salir. No quise creerlos, no podía imaginar que existiera algo distinto a la luz que nos envolvía, tan blanca y acogedora. No esperaba que me recibieran a golpes, ni que mi espíritu se quedara encerrado en un cuerpo débil e indefenso. Me avisaron de que acabaría olvidándolo todo, en primer lugar, el camino de vuelta, nadie regresa de la vida.
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