Aquello fue obra de un rayo de luz. Uno de esos rayos de luz que irrumpen de entre las tormentosas nubes que ensombrecen nuestra mente, iluminándolo todo. Y bastó ese instante de claridad para que todo me fuera revelado. Para que todo se inundara de luz.
Me preguntaba por qué no se me había ocurrido hasta ese momento. Ahora todo se me antojaba claro y sencillo. Incluso el más difícil de los problemas parece de lo más simple una vez que se conoce la solución. Un soplo de esperanza me embragaba. Daba igual qué hubiera hecho. Daba igual porque todo se podía arreglar. La razón es sencilla: no hay nada que no se pueda arreglar pidiendo perdón.
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martes, 13 de abril de 2010
UN DESESPERANTE DESEO
Dar vueltas sin saber qué hacer. Recorrer hasta el hastío el mismo camino circular que lleva al punto de partida una y otra vez. Despreciar todo cuanto hay alrededor, como si fuera el aburrimiento el que hablara por ti y prefiriera no sucumbir. Desesperar al pensar que en cualquier otro lado y tiempo se estaría mejor. Anhelar que el tiempo pase, observando con pesadumbre que los minutos no tienen prisa por ello. No tener conciencia alguna de las delicias del pasado ni menos aún intención de disfrutar el presente. Pues lo único que ocupa la mente es el imaginario y vano futuro. Sin duda alguna lo peor que hay en el mundo es desear que pase el tiempo.
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