El viejo estaba sentado en el parque. Sus ojos, que cualquiera pensaría que estaban a punto de caer rendidos en el sopor del calor y la edad, se movían incansables por lugares que apenas recordaba haber visto. Su memoria se aliaba con su imaginación en esos momentos entre el sueño y la vigilia. La memoria le dibujaba paisajes, caras y sentimientos, mientras que la imaginación hacía renacer su cuerpo, y le permitía caminar mientras sus pies seguían clavados en el suelo del parque.
Unos niños pasaron y no le prestaron atención. Él tampoco los envidió.
Mostrando entradas con la etiqueta Julián García Roso. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Julián García Roso. Mostrar todas las entradas
viernes, 5 de febrero de 2010
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

