Coincidí con Laura yendo al trabajo en el vagón de metro. Se escondía de mí en el otro extremo, con la mirada perdida al frente. Ni siquiera sé si advirtió mi presencia hasta que nos apeamos en la misma estación.
De noche, de vuelta, volvimos a compartir vagón como dos relojes sincronizados. Juro que entonces Laura sí me vio, de reojo, pero disimuló hundiendo la cabeza en su libro.
Nos bajamos a la vez once estaciones más tarde, por puertas distintas, y nuestros caminos se separaron. De nuevo, no habíamos cruzado palabra. Paseé un rato para despejarme.
Entré en casa. Laura esperaba en silencio, con los niños ya acostados, la cena preparada y la mirada perdida al frente.
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viernes, 8 de abril de 2011
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