El pueblo está sumido en la desesperación. El sol se marchó un atardecer, como solía, pero ya no regresó. Obsesivamente, las gentes miran hacia el lugar de la amanecida atisbando una claridad que no llega. Hay quien ha perdido la noción del tiempo y se empecina en contar horas para así saber cuantos días han pasado, si es que se puede seguir usando ese nombre para la persistente oscuridad; otros se han echado a morir, persuadidos de que la vida se apagará como se apagó la luz.
Sólo Oscar permanece tranquilo, dueño de su espacio y su tiempo, no echa nada en falta. Oscar nació ciego, para él, día y noche son la misma obscuridad
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viernes, 26 de marzo de 2010
La cruz del camino
La cruz clavada en el margen de la carretera, ahí donde la curva es más cerrada, siempre tenía flores. Flores frescas recién cortadas o tallos secos y retorcidos que sólo eran sombra del ramo que fue. Alguien hacía vivir su recuerdo en unas margaritas, en unos claveles. Se mustiaban, sí, pero al cabo de unos días aparecían nuevos capullos, también destinados a morir. Y a renacer.
Hoy, un colorido ramillete de flores de plástico se abraza con un hilo de alambre al palo vertical de la cruz.
Hoy ha muerto el recuerdo y ha nacido la memoria imperecedera.
Hoy, un colorido ramillete de flores de plástico se abraza con un hilo de alambre al palo vertical de la cruz.
Hoy ha muerto el recuerdo y ha nacido la memoria imperecedera.
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