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lunes, 16 de abril de 2012
Un día cualquiera
Sus ojos mostraban odio. Un odio inyectado en desprecio. Sus fauces segregaban furia y ardor. Esos ojos, que todo lo huelen, que todo lo intuyen y que de todo te defienden. No podía ser que nadie supiera más que Tristán, enjalbegado en venganza, que ese hombre no cumplía con su deber. Ese hombre pegaba a su mujer y sus hijas todas las tardes cuando regresaba borracho del bar, sin dejar más huella que su tiranía. En silencio se apoderaba de sus gemidos y sufrimiento. Sin embargo Tristán, con nombre de perro y pezuñas, entendió lo sucedido. Arrancó toda su fuerza en el salto y atacó al enemigo. Una mano menos que golpeara. Una denuncia inusual a su amo. Un sacrificio.
Seca goleta
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