Ocurrió justo en el momento en el que el jefe se marcha y tienes que cerrar tú la librería.
Oí el suave roce de sus pasos; me giré para encontrármela: descalza, harapienta y desaliñada. Su voz, en cambio, era límpida y clara:
-¿Me das un libro?
Oh, aquellos ojos. Continuó:
- Tengo hambre y necesito saciarla.
Con aquel aspecto, escuchar esas palabras generaba un curioso contraste.
-El libro me ayudará a recordar y me sentiré fuerte para trabajar. Así alimentaré a otros.
Me noté llorando cuando cogí una guía de Londres y se lo tendí, hechizado.
Sonrió, arrancó un buen puñado de páginas y se las metió en la boca, masticándolas con fruición. Cuando terminó de tragar, su aspecto era el de una princesa.
-Gracias.
Y dando media vuelta, se fundió con los estantes del fondo de la tienda.
No estoy seguro, pero creo que tuve delante a…
A la mismísima Cultura.
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martes, 13 de abril de 2010
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