Cada uno recibía un baño de tolerancia, conocimiento y formación histórica que hizo de sí mismos individuos avanzados, cultos y dialogantes. Con su piel blanquecina, sus ademanes suaves y sus formas empáticas, convivían en una armonía complaciente.
De pronto, un coche sucio pasó a toda velocidad con un ruido cavernoso, atravesando sin miramientos la calle educada, y arrastrando a un niño de ocho años y a una anciana con una bolsa de plástico.
Del coche se bajó un adolescente riéndose a carcajadas y haciendo cortes de manga a la gente. Y todo el mundo, con los ojos inyectados en sangre, se abalanzó sobre él destrozándolo a golpes.
Y mientras lo hacían, una comprensión mutua les llevó a un sentimiento catártico.
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jueves, 15 de abril de 2010
Desarme
Tan bueno era que ni los herrerillos del parque se asustaban a su paso. Pero hizo tantos favores que no se lo perdonaron nunca. Caído en desgracia, lo llamaron un par de veces. El amor forzado hiere como cuchillos de hielo.
Salía de vez en cuando, como una sombra amarillenta, y se quedaba sentado en las almenas del mundo colectivo al que nunca quiso dañar.
Un día, saltó hacia adelante.
Bailó, sonrió inoportunamente, vistió colores... El rey de los traspiés ya no andaba con sombrero y el trajecillo apolillado se ahorcó en el armario para siempre. Quiso beber tanta gente, quiso tocar con los ojos tantas ventanas, que sus antiguos le dijeron que no, que les gustaba cuando era bonachón.
Salía de vez en cuando, como una sombra amarillenta, y se quedaba sentado en las almenas del mundo colectivo al que nunca quiso dañar.
Un día, saltó hacia adelante.
Bailó, sonrió inoportunamente, vistió colores... El rey de los traspiés ya no andaba con sombrero y el trajecillo apolillado se ahorcó en el armario para siempre. Quiso beber tanta gente, quiso tocar con los ojos tantas ventanas, que sus antiguos le dijeron que no, que les gustaba cuando era bonachón.
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