Hacía mucho frío. Ana tuvo que juntar los brazos a su cuerpo mientras caminaba entre las gruesas paredes del habitáculo. El encargado de la sala de cadáveres le dijo que debían mantener la temperatura tan baja por motivos de higiene. Cruzaron todo el pasillo, atestado de estanterías con medicamentos y material quirúrgico colocados con descuido. El encargado se detuvo al llegar al muro de cajones. Tiró de la puerta de uno de ellos y lo extrajo de su prisión de frío cemento. Estaba vacío. Ana miró extrañada al hombre, que ahora sostenía en alto una gran jeringa.
-¿Lista para ser mi nueva adquisición?- Le clavó la aguja en el cuello y agarró su cuerpo exánime para meterlo al cajón.
Mostrando entradas con la etiqueta Rubén Nicolás Alarcón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rubén Nicolás Alarcón. Mostrar todas las entradas
martes, 13 de abril de 2010
Rescate
Mis botas de bombero vencían con enormes esfuerzos los cuatro dedos de nieve que habían cubierto la carretera. Enfrente había un coche con el morro hundido hasta el salpicadero, y una chica estaba atrapada entre varios hierros plegados a manera de telaraña. La nieve ya se empezaba a acumular en el boquete del parabrisas y amenazaba con entrar a su habitáculo. Aproveché el surco que habían abierto los neumáticos al derrapar para así avanzar mucho más fácilmente. La mujer tenía la cara
separada en dos mitades por la sangre. Apenas abrió los ojos para mirarme. Le sonreí y le dije que aguantara. Sacarla me llevaría horas. El destino nos había hecho compañeros forzados y yo me prometí darlo todo.
separada en dos mitades por la sangre. Apenas abrió los ojos para mirarme. Le sonreí y le dije que aguantara. Sacarla me llevaría horas. El destino nos había hecho compañeros forzados y yo me prometí darlo todo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

