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viernes, 9 de abril de 2010
ARDENTIS
Rodeado por un bellísimo humo me encontraba perdido en la oscuridad frívola de un pub, embargado por la caprichosa melodía no la vi entrar, la suerte me encontró desprevenido, pero ella me busco con el azul inmenso de sus ojos. Me vio, la vi, por un instante creí que el ardor de mi pequeño cuerpo haría estallar el fuego de mis entrañas, pero permanecí indiferente, ausente, deseando, solo deseando la leve caricia de sus larguísimos dedos de pianista, ¿quién si no iba a conocer mejor que yo sus manos? , me tomo entre ellas y jugueteó conmigo un ratito, agradecido por su dulzura prendí su cigarrillo con las fogosas llamaradas que brotaron de mi corazón y…volví a ser feliz.
Mi hermano
Recuerdo su colección de mapas, antiguos, raros, viajeros. Añoro su sombra gris de débiles contornos, solía andar cabizbajo y algo encorvado, mamá siempre sacudía su brazo para continuar su marcha. Nació vencido, ausente, nunca soñó conocer la batalla perpetua de la vida, su única felicidad eran sus mapas. Los acariciaba todos los días como si fueran los últimos de su existencia. Representaban ya el fin del itinerario en su combate contra las sombras. Recuerdo los labios blancos de Alejandro, las marcas en sus muñecas. El llanto pausado de mi madre. La ambulancia…Lo arrinconaron para siempre en la otra orilla de la vida, en una región sombría de mañanas sin sol, lo arrojaron solo y sin mapas, a la noche cerrada
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