Atongwe encontró la linterna semienterrada en el suelo embarrado que separaba la escuela del refugio y enseguida la encendió; lo de jugar a atrapar la luz con su amigo Mogomu fue cosa hecha. La señorita Julienne los vio y les gritó con los ojos como platos que la apagasen, pero resultó demasiado tarde. Los soldados, entrenados a disparar a cualquier cosa en movimiento, también habían visto su destello dorado yendo y viniendo a toda prisa, como una alimaña enloquecida.
La señorita Julienne también murió.
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jueves, 15 de abril de 2010
Espejismo
Ella se detuvo a mirar un escaparate y yo seguí andando y hablando con ella. Cuando enlacé mi brazo con el suyo, no me di cuenta de su delgadez y tampoco noté la suavidad del terciopelo que lo envolvía. Seguí hablándole como si nada, y entonces ella dijo algo que hizo que me detuviera y la mirara de arriba abajo, como a una extraña. Fue tan grande la sorpresa de que me hablara en aquellos términos, que no reparé en los rizos de su pelo, ni en la estrechez de su cintura, ni en el rojo fucsia de sus labios. Eso fue después, cuando nos abalanzamos el uno sobre el otro en la cama del hotel Majestic.
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