jueves, 12 de abril de 2012
Descanse en paz
En el lecho de muerte, su marido le confesó que había tenido un hijo con otra mujer. Ella, con exquisita dulzura, le pidió que no se esforzara en hablar; le perdonaba. Al momento, aquellos ojos en los que tantas veces se vio reflejada, perdieron para siempre su brillo. Descansa en paz – pensó. Respiró profundamente y avanzó hasta el teléfono para informar del fallecimiento a sus hijos. Descolgó el auricular y marcó de memoria el número del mayor y mientras escuchaba los tonos de espera recordó la carta del hospital con los resultados de las pruebas realizadas. Aquella que mantuvo oculta todos estos años. Esa que confirmaba la esterilidad de su marido.
Mateo Río
Lecto-escritura
Como cada jueves, van a la biblioteca en su camino del colegio a casa. Mientras la madre rastrea libros en el ordenador y en las estanterías, la niña entra en el área infantil. A la entrada de esa biblioteca en miniatura dentro de la Biblioteca hay una hoja de registro.
Cuando mamá entra a sentarse en las sillas diminutas de ese espacio mágico tapizado con cuentos, almohadones y láminas de colores, su hija le susurra:
-Ya me he apuntado. Y a ti también.
Al salir, mira de reojo la lista en la que el nombre de la niña tiembla con palotes desgarbados en penúltimo lugar mientras que el suyo: MAMI, cierra la lista con rotundidad.
Ender
Deseos
El nunca quiso ser tenista, pero cómo contrariar los más hondos deseos de su papá hablándole de escalas y arpegios.
Es por eso que siempre se demoraba en el vestuario escuchando la melodía que el aire del ventilador interpretaba al atravesar la red de su raqueta, mientras el grifo goteaba melancólico un adagio.
Ender
Camino
Caminé. La luz incendiaba toda la habitación, el sol ardía y cegaba tras la ventana abierta. Caminé. Luz. Una sábana luminosa cubría de centellas, regalías y flashes la galería entera. Caminé. Una sombra creció más allá. Camino. El diablo está sentado.
Tengo vicio por leer en 119 palabras
Tengo por vicio leer todos los libros llegados a mi quicio y sin que sea servicio, colecciono los recuerdos que despistados escritores amontonan en sus prestados libros amarillos. (28)
Así encontré mi flor de loto, en la página veinticuatro del diccionario, bajo la entrada: “antídoto”. Adiviné que su autor había sido marinero porque para ello se necesita amasadero y las hojas olían a un mar sardinero. (65)
Otra sazón aprendí, que dentro de los textos también se guardan prospectos, por lo que cada noche resuelvo volver a mi niñez y escucho a mi madre leer dulces nanas a la hora de dormir, más que nada para no sufrir. (96)
Y es como al leer, leyendo aprendo, a vivir y a sentir los recuerdos que despistados escritores amontonan en sus prestados libros verdes. (119)
Metro y vida
Ya sé que las grandes urbes pueden llegar a desesperar a muchos mortales, sin embargo, Madrid me fascina y, en especial, su metro. Cuando bajas las escaleras de la estación, los atascos y los ruidos propios de una gran ciudad desaparecen dejando lugar a un laberinto kilométrico, casi infinito, que constituye un pequeño mundo alternativo incluyendo su fauna autóctona. Me refiero a los currantes sufridores, los turistas que van al Prado, los estudiantes, los músicos, en definitiva, a todos aquellos que integran un mosaico multicultural y que se desplazan de un sitio a otro, entusiasmados por la novedad o angustiados por la rutina diaria. La vida no deja de ser un continuo ir y venir.
Pereza
Para cubrir un torso lleno de dudas se decidió por una camiseta corta y perezosa: pereza impregnada en cada uno de los sentimientos que sintió.
De cintura para abajo eligió unos pantalones de paciencia ajustada a su cuerpo, una paciencia pequeña, escueta, escasa, una paciencia que siempre que tuvo vendió cara…
Zapatos negros como su conciencia, de suelas grises como su corazón, unas suelas que muchas orillas de ríos secos habían pisado: dejándose estos humedecer y pudrir y transmitiendo a su vez esa humedad a su alma, a su ser perezoso, impaciente y podrido ser por no saber reaccionar, por seguir dormido, por no querer soportar la carga de no tener esperanzas, sueños ni ganas de vivir.
El regalo de poder reconocerse
Os voy a contar la historia de una conexión Una conexión tan sumamente potente, capaz de alcanzar y llegar a cualquier punto del planeta, sin hacer transbordos ni atravesar fronteras porque se trata de una conexión directa. Esta es la historia de la conexión entre dos personas, entre dos “regalos”. En definitiva, ésta es la historia de dos regalos conocidos capaces de “reconocerse” en cuanto se vuelven a juntar porque cuando ellos se juntan convierten los segundos en momentos especiales y las palabras en conversaciones mágicas y lo mejor de todo es que cuando se abren estos regalos consiguen desnudarse mutuamente a través de las bellas emociones que se transmiten…
Mujer pulpo
- ¿Cocinamos algo?- preguntó Sandra mientras cerraba la nevera.
- ¡Claro! Cada mediodía me trago el programa de cocina mientras abro un par de latas...- respondió Iñigo burlonamente-. ¡Soy el rey de las conservas!
- Ya veo – contestó Sandra.
Y, recordando aquel dibujo que vió plasmado en la pared de un edificio - que representaba una mujer con brazos de pulpo (ordenador, plancha, móvil, bebé en “manos”,...) reivindicando la igualdad bajo el lema “las tareas son de todas y todos, príngate”- con su imaginación, Sandra desplegó un par de tentáculos desde su tórax. Sacudiendo con uno de ellos los pies que Iñigo tenía sobre la mesa, y con el otro birlándole el mando del televisor.
- ¿De todos...? - pensó.
De carne y hueso
Dicen que ya no existen los superhéroes más que en la imaginación de algunos escritores de mente idealista o de algún loco risueño que solo ve la vida de color blanco y negro. Dicen... y dicen..., porque todos vamos atareados sin ver más allá de nuestras narices. Pero párate un momento, mira bien y reflexiona. ¿No es ése tu vecino? ¿Aquél al que de madrugada escuchas levantarse para atender a su hijo enfermo o ducharse para llevar sus hijos al colegio, y que saliendo ajetreado se detiene a saludarte?¿El mismo que hace un mes se quedó sin trabajo y que acogió a sus padres bajo su techo? Pues si quieren decir que digan... pero tenemos héroes de carne y hueso.
Capitán intrépido
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