CONCURSO PATROCINADO POR HOTEL MAR MENOR

El hotel Mar Menor de Santiago de la Ribera apoya a las Bibliotecas de San Javier en la promoción de la creación literaria y te dan la bienvenida a este concurso.























lunes, 5 de abril de 2010

Hornos

Nos llevaron a todos juntos, nunca pude ver donde estábamos en un principio pero más difícil resultaba saber hacia donde íbamos. El silencio a mi alrededor era más ensordecedor que los gritos a lo lejos.
Éramos muchos amontonados, caminando a tientas, apenas podía mover mis pies para dar pequeños pasos y solo podía mover mi cabeza. Luego del aturdimiento inicial donde permanecí con los ojos cerrados, sostenida por la multitud; tuve la necesidad de elevar mi cabeza, necesitaba respirar, miré hacia arriba y abrí los ojos. Antes de entrar, pude ver una gaviota en el cielo, suspendida en el aire, sentí mi cuerpo nutrirse de oxígeno y una vaga idea esperanzada.
Luego, detrás de mi, las puertas se cerraron.

Semáforo rojo

El año pasado por estas fechas te vi por última vez. Como hoy, en cuanto el semáforo se puso rojo te acercaste a los coches a pedir limosna. Aquel día, como los anteriores, te tuviste que conformar con mi sonrisa. Hoy va a ser diferente. No sé cuál es el motivo pero he preparado una moneda para ti. Ya estás a mi lado, me enseñas el cartel. No me hace falta leerlo. La ventanilla ya está bajando. De repente, de reojo, descubro una palabra inoportuna entre la cuadriculada caligrafía. Decido leer el cartel. Es muy escueto. “Completo 20, Francés 10”. Vuelvo a mirar hacia delante y subo la ventanilla sin soltar la moneda. El semáforo se ha puesto verde.

La solvencia de Dios

El ocaso del marinero

Tenía los dedos largos y la piel un poco rugosa, como si toda su vida la hubiera pasado al sol. Sus labios eran pequeños y finos, se apreciaba sobre ellos el paso de los años. Desde pequeño le gustaba quedarse sentado durante toda la mañana en el banco del puerto, viendo entrar y salir los barcos de los que nunca sería su dueño. Sus ojos azules destellaban el misterio y la tristeza de una vida dura y solitaria de un hombre que se sentía fracasado. Siempre había pensado que con su fuerza e inteligencia podría surcar los siete mares y ser el dueño del mundo, pero sus piernas siempre le habían devuelto al mismo lugar.

Fronteras

Siempre me inquietó la palabra frontera y cuando vi mi muerte desde ninguna parte fue que la entendí. De niño me gustaron los niños y de grande también. Por eso elegí esas manos adolescentes que desaparecieron una, dos, treinta y ocho veces, un puñal en mi cuerpo. Exigí placer y recibí su dolor y rabia hasta el último segundo de mi vida.
A mi madre se le ocurrió llamarme Sócrates por asuntos de filosofía. Yo hubiera preferido una sola puñalada y la muerte. ¿Para qué tantos rodeos?

Un día de mi vida (novela universal y consecuente)

Capítulo 1

El día [aquí el lector debe escribir una fecha determinada] sucedió algo inexplicable.

FIN

Dormir tranquilos

En mi despensa guardo varios quesos en añejamiento. Todas las noches sale un ratón y se come un trozo de uno de ellos, arruinando mi colección.

Le he puesto trampas pero las evade y no lo puedo cazar.

Compro un gran gato gris llamado Lionel, experto en cazar ratones.
Lo dejo suelto para que ronde por la casa.
El gato se come al ratón. Yo me como el queso.
Esa noche ambos dormimos tranquilos a pata suelta, con la panza llena, el gato y yo.

Entrada triunfal

Hace un tiempo fui a la presentación de mi ultimo libro, la novela Los sobrevivientes de la selva verde. Era la primera vez que salía después de una larga enfermedad cardiopulmonar. Mi entrada triunfal fue en medio de saludos, aplausos y besos de los amigos, familiares y público que colmaba el lugar a lo largo del pasillo del teatro. Eso me hizo recordar a Jesús entrando en Jerusalén montado en un burro y abanicado con hojas de palmera, con la gente cantando y orando, mientras yo lo hacía en silla de ruedas, con una mochila de oxigeno en la espalda y tres aerosoles abre bronquios en el bolsillo. Cualquier similitud entre las dos ocasiones es obra de un cerebro afiebrado.

Barrios de silicio

El portátil dejó de funcionar mientras cubría un reportaje para una prestigiosa cadena de viajes. Pregunté a varios nativos por un lugar donde poder repararlo; todos coincidieron en que un tal Sharif era el mejor en la materia. Las indicaciones me llevaron a un barrio musulmán en Nueva Delhi. Allí, entre el humo tóxico de cables quemados, lo encontré. Destripaba con avidez cientos de ordenadores, móviles y televisores provenientes de to-das partes el mundo, a fin de obtener lo verdaderamente valioso; el hierro, silicio y ní-quel de los componentes electrónicos. Hasta ahí, todo perfecto. Sólo que Sharif tenía doce años y había sido adoptado por el dueño de un negocio ilegal para agotar su infan-cia en aquel zulo insalubre.

La isla

Mi padre tenía una manera muy especial de explicar las cosas esenciales de la vida. Re-cuerdo que a los doce años le pregunté si algún día cesaría la guerra en Yugoslavia. Me dijo que era posible vivir en paz y que, de hecho, conocía un lugar. Y me llevó hasta allí. Era un psiquiátrico en el centro de Kosovo, donde enfermos de todas las nacionali-dades balcánicas convivían desde hacía años. Un lugar donde nunca se discutía, los ser-bios veían los canales albaneses y los bosnios canturreaban canciones patrióticas de Croacia. Mi padre decía que era una isla en medio de otro manicomio mucho peor; el del nacionalismo patológico que tanto daño hizo a nuestro país.