Hacía tres semanas incansables que los teólogos debatían sobre el sexo de los ángeles.
De pronto, el portero del concilio levantó la mano y preguntó:
-¿Quiénes tienen las alas más hermosas, los ángeles o los pájaros?
Los teólogos, irritados, decidieron asesinar al portero, mas el portero salió volando.
viernes, 9 de abril de 2010
El Dios de la montaña del Sinaí
La muchacha se internó en el luminoso aire matutino, con la angustia de la existencia sobre sus hombros.
Con los ojos fijos en el camino, dirigió sus pasos hacia aquel lugar inmortal de rocas sagradas.
El sol, se extendía sobre su cabeza, en un manchón de añil intenso. Y bajo sus pies, la tierra parecía crujir, lanzando gritos de dolor.
En cada resquicio del camino, parecía vislumbrar un poema oculto, a la espera de ser plasmado en el papel de la eternidad.
Su alma, pronto abandonaría la prisión de la carne, y la joven anhelaba llegar a la cumbre, y pasar sus últimos instantes en plácido sosiego, con aquellos seres que junto a ella, bailaban la danza de la existencia...
Con los ojos fijos en el camino, dirigió sus pasos hacia aquel lugar inmortal de rocas sagradas.
El sol, se extendía sobre su cabeza, en un manchón de añil intenso. Y bajo sus pies, la tierra parecía crujir, lanzando gritos de dolor.
En cada resquicio del camino, parecía vislumbrar un poema oculto, a la espera de ser plasmado en el papel de la eternidad.
Su alma, pronto abandonaría la prisión de la carne, y la joven anhelaba llegar a la cumbre, y pasar sus últimos instantes en plácido sosiego, con aquellos seres que junto a ella, bailaban la danza de la existencia...
La estrella polar
Miguel, ensartado de agujetas y con el rostro desencajado, navegaba a tientas por el mar.
Con su cuerpo empapado de agua y sudor, gritaba al viento desesperado.
La mar, quebrada por la luz de los rayos, pretendía hacerlo víctima de la tragedia.
El navegante, buscaba la luz de la lámpara de los Dioses; fuente milagrosa que devolvía la vida a los náufragos del mar.
Buscó en aquel cielo bañado de constelaciones, escuchó la voz del cielo nocturno.
Brillando en lo más alto la encontró. Dirigió su navío hacia los brazos de aquella poderosa dama, mientras la alegría avanzaba por sus venas, como una suave efervescencia.
Con su cuerpo empapado de agua y sudor, gritaba al viento desesperado.
La mar, quebrada por la luz de los rayos, pretendía hacerlo víctima de la tragedia.
El navegante, buscaba la luz de la lámpara de los Dioses; fuente milagrosa que devolvía la vida a los náufragos del mar.
Buscó en aquel cielo bañado de constelaciones, escuchó la voz del cielo nocturno.
Brillando en lo más alto la encontró. Dirigió su navío hacia los brazos de aquella poderosa dama, mientras la alegría avanzaba por sus venas, como una suave efervescencia.
“Es un niño”
Sergio era un bebé de un año, se despertó feliz sabiendo que la primera persona que entraría por la puerta sería su madre. Ella estaba más contenta de lo normal. Cuando llegó hasta él le dió un tierno abrazo. Entonces se sentó en un sillón con Sergio sobre sus rodillas, se levantó un poco la ropa, dejando al descubierto su vientre, el mismo donde él vivió durante los nueve meses anteriores a su nacimiento, el mismo que últimamente su madre solía acariciar. Ella se dirigió emocionada a su hijo como si pudiera entenderlo y le dijo: “Es un niño”. Sergio no recordó aquél día, pero ese niño y él, además de hermanos, serían para siempre los mejores amigos.
A. Romeg
A. Romeg
Mi hermano
Recuerdo su colección de mapas, antiguos, raros, viajeros. Añoro su sombra gris de débiles contornos, solía andar cabizbajo y algo encorvado, mamá siempre sacudía su brazo para continuar su marcha. Nació vencido, ausente, nunca soñó conocer la batalla perpetua de la vida, su única felicidad eran sus mapas. Los acariciaba todos los días como si fueran los últimos de su existencia. Representaban ya el fin del itinerario en su combate contra las sombras. Recuerdo los labios blancos de Alejandro, las marcas en sus muñecas. El llanto pausado de mi madre. La ambulancia…Lo arrinconaron para siempre en la otra orilla de la vida, en una región sombría de mañanas sin sol, lo arrojaron solo y sin mapas, a la noche cerrada
La silenciosa verdad
Desperté y no pude mentir, la verdad hacia parte de mi ser, así que trate de ocultar esas verdades que quería para mi nada más y decidí callar, desde entonces el mundo entero estuvo en silencio.
Seguidores
Así es como siempre quise estar, acompañado por cientos, todos tras de mí, como un gran artista seguido por una multitud, hoy, cuando pensé que nunca sucedería, finalmente están todos siguiéndome, lamentablemente hoy es mi funeral.
SIETE VIDAS TIENE UN GATO (CON BOTAS)
Chirucas, unas camperas con pátina, borceguíes de piel vuelta, unas “pisacacas” de la época del pequeño saltamontes, catiuscas, unas flamantes botas de equitación, unas Wellington, botas mejicanas de piel de serpiente, de media caña, botines acharolados….
“Increíble como se puede acumular tanta porquería” Dijo con ternura la madre del gato con botas a punto de agotar su séptima vida…..
“Increíble como se puede acumular tanta porquería” Dijo con ternura la madre del gato con botas a punto de agotar su séptima vida…..
Es inevitable
Abraham se levantó ese día con la garganta seca, arrastró los pies hasta la cocina y escuchó a alguien correr apresuradamente:
- ¡Abraham tienes que irte del pueblo! ¡La muerte te está buscando!
Él se subió a la camioneta todavía con el pijama puesto, una camisa andrajosa y algo de dinero. Pronto se alejó varios kilómetros de su casa, llegó a un motel y se paró a descansar. Allí se afeitó la cabeza y se compró ropa nueva. Se sentó comer plácidamente, al otro lado del bar se encontraba la muerte, que pensó:
- No encuentro a Abraham, así que me llevaré a ese de la cabeza rapada.
- ¡Abraham tienes que irte del pueblo! ¡La muerte te está buscando!
Él se subió a la camioneta todavía con el pijama puesto, una camisa andrajosa y algo de dinero. Pronto se alejó varios kilómetros de su casa, llegó a un motel y se paró a descansar. Allí se afeitó la cabeza y se compró ropa nueva. Se sentó comer plácidamente, al otro lado del bar se encontraba la muerte, que pensó:
- No encuentro a Abraham, así que me llevaré a ese de la cabeza rapada.
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