A pesar del tiempo, todavía puedes recrear con nitidez ese instante. Casi puedes volver a sentir entre tus manos el elusivo tacto de su piel y te parece escuchar nuevamente las promesas que ella repetía, antes de que acallaras su voz con un beso. Ese ha sido el recuerdo que te ha permitido soportar las largas horas de soledad compartida que fluyen lentamente, entre las paredes de esta casa de retiro.
Y ese es el recuerdo que ahora te atormenta, que te impide aceptar el final que se acerca a ti cubierto por las sombras que se acumulan frente a tus ojos, que te impulsa a lanzar un último grito de frustración, porque ahora, precisamente ahora, no sabes distinguir si lo que atesoraste a través de los años fue un autentico recuerdo o siempre se trató del difuso recuerdo de un sueño.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Dilema
Muerto mi padre.
Muerta mi madre.
Muerta mi esposa.
Muertos mis hijos.
¿Qué más puedo hacer?
Sólo una respuesta: seguir matando.
Muerta mi madre.
Muerta mi esposa.
Muertos mis hijos.
¿Qué más puedo hacer?
Sólo una respuesta: seguir matando.
EL FRANCOTIRADOR
Miraba fijamente, obligándose a no pensar en nada más: Que el objetivo estuviera encuadrado en la intersección de las líneas vertical y horizontal.
Mientras lo hacía divagaba hacia la vida del “objetivo”. Se trataba de la vida de una persona... Se obligó a pensar en las órdenes. Debía obedecerlas
Pero subversivamente, su cerebro comenzó a cuestionarlas. Lo que iba a realizar era algo de lo que nadie decente podía sentirse orgulloso.
Con cautela, mecánicamente, sus extremidades obedecían los mandatos de unas neuronas autónomas. Se alejó de su atalaya y apagó la cámara.
Caminaba pensando como sería su vida a partir de ahora, esto sería una mancha en su historial.
No volvería a trabajar en la prensa del corazón.
Mientras lo hacía divagaba hacia la vida del “objetivo”. Se trataba de la vida de una persona... Se obligó a pensar en las órdenes. Debía obedecerlas
Pero subversivamente, su cerebro comenzó a cuestionarlas. Lo que iba a realizar era algo de lo que nadie decente podía sentirse orgulloso.
Con cautela, mecánicamente, sus extremidades obedecían los mandatos de unas neuronas autónomas. Se alejó de su atalaya y apagó la cámara.
Caminaba pensando como sería su vida a partir de ahora, esto sería una mancha en su historial.
No volvería a trabajar en la prensa del corazón.
martes, 9 de febrero de 2010
La cuenta
Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ¿cuántas eran? diez, once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho, no logro recordarlo, veintidós, veintitrés, veinticuatro, veinticinco, veintiséis, veintisiete, veintiocho, veintinueve, treinta, treintiuno, treintidos, demasiadas, son demasiadas, treinta y ocho, cuarenta y uno, cuarenta y cuatro, cuarenta y siete, cuarenta y cincuenta, cincuenta y tres, cincuenta y seis, joder no estoy seguro, sesenta y tres, sesenta y seis, sesenta y nueve, herramientas, setenta y tres, setenta y seis, contar palabras, ochenta y uno, ochenta y cuatro, ochenta y siete, ciento veinte!, noventa y dos, debía tener ciento veinte palabras como máximo, ciento uno, ciento tres, ciento cinco, ciento siete, ciento nueve, ciento once, ciento trece, casi será mejor que lo deje aquí.
lunes, 8 de febrero de 2010
PERDÓN
El hombre levantó la mirada y al verla sintió pena por su madre. El peso sobre sus hombros era descomunal. Sentía intensas punzadas como agujas penetrantes en su frente, y se cimbró de dolor al primer latigazo. Al final, desde la altura pudo ver la pureza en los ojos hermosos de una mujer que lloraba, le dedicó una sonrisa agradecido. Su vecino de suplicio le pedía que no lo olvidara. Al fin se quedó dormido, después que lo crucificaron.
sábado, 6 de febrero de 2010
Mi síndrome de abstinencia
Mi síndrome de abstinencia, tus palabras que tenues se omiten entre las horas aceleradas. Se escapan, como el viento, como el último aliento que goza mis labios, la violación de nuestra serenidad utópica, la transgresión de tus promesas implícitas sobre mi piel. Termitas inciertas de mis entrañas entreabiertas, el hormigueo perenne del arcano en mi garganta, el sudor frío en mis pómulos yermos. Otra vez, los amaneceres ansiosos y las arduas plegarias al sueño que se resiste, los ríos de ausencia y la desgana improvisada. Mi síndrome de abstinencia, tus caricias que incorpóreas se deslizan entre los rescoldos de tu memoria.
viernes, 5 de febrero de 2010
El viejo
El viejo estaba sentado en el parque. Sus ojos, que cualquiera pensaría que estaban a punto de caer rendidos en el sopor del calor y la edad, se movían incansables por lugares que apenas recordaba haber visto. Su memoria se aliaba con su imaginación en esos momentos entre el sueño y la vigilia. La memoria le dibujaba paisajes, caras y sentimientos, mientras que la imaginación hacía renacer su cuerpo, y le permitía caminar mientras sus pies seguían clavados en el suelo del parque.
Unos niños pasaron y no le prestaron atención. Él tampoco los envidió.
Unos niños pasaron y no le prestaron atención. Él tampoco los envidió.
Al atardecer
Al atardecer, cuando el sol abrasa el horizonte, la niña camina despacio hasta la fuente. Con gesto cansado llena la vasija, en los labios se le ha muerto una canción de cuna, apenas tiene siete años. Sin resuello llega a la choza, vacía el contenido del recipiente en un tonel y espera unos minutos para recuperar el aliento y reemprender el inexorable camino.
Al atardecer, cuando el sol juega al escondite con los edificios, la niña abre la nevera, saca un zumo multivitamínico y conecta la video consola, olvida las tibias protestas de su madre recordándole que tiene que hacer los deberes y se dedica a destruir marcianos.
Al atardecer, al atardecer… ¿Quién dijo que todos los atardeceres eran iguales?
Al atardecer, cuando el sol juega al escondite con los edificios, la niña abre la nevera, saca un zumo multivitamínico y conecta la video consola, olvida las tibias protestas de su madre recordándole que tiene que hacer los deberes y se dedica a destruir marcianos.
Al atardecer, al atardecer… ¿Quién dijo que todos los atardeceres eran iguales?
Nadie regresa de la vida
Aún no he encontrado un motivo para vivir y ya estoy aquí, rodeado de gente que me habla como si fuera estúpido. Me avisaron, allá de donde vengo, que sería así, que el mundo se volvería incomprensible, una bola cerrada de la que es imposible salir. No quise creerlos, no podía imaginar que existiera algo distinto a la luz que nos envolvía, tan blanca y acogedora. No esperaba que me recibieran a golpes, ni que mi espíritu se quedara encerrado en un cuerpo débil e indefenso. Me avisaron de que acabaría olvidándolo todo, en primer lugar, el camino de vuelta, nadie regresa de la vida.
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