martes, 27 de marzo de 2012
Dos miradas
Asomada a tu balcón, la veías pasar. Todos los días.
Iba sentada en un vagón de primera y parecía contemplar el paisaje tras la ventanilla.
Al principio fue como un juego; luego, lo convertiste en rito.
A las seis en punto de la tarde, abandonabas cualquier actividad para salir afuera. A esperarla.
Soñabas que eras la otra; te imaginabas una vida dichosa y fértil. Una vida de viajera.
No podías saber que, tras el cristal, aquellos ojos que envidiabas hubieran matado por tener un balcón con flores. Una casa desde la que admirar el melancólico deslizarse de los trenes.
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